MEMORIA POR CORRESPONDENCIA: EMMA REYES
“No lloraba, porque las lágrimas no hubieran bastado,
no gritaba porque mi sentimiento de revuelta
era más fuerte que mi voz.”
Tengo el
corazón en un puño. ¿Por qué? Porque quiero, de verdad, recomendaros este
libro. Pero siento que, algunos de los que me leéis, dejaréis de hacerlo. Porque
es un libro muy duro. Y la vida ya nos provee de suficiente sufrimiento como
para que le añadamos más. ¿Qué necesidad tenemos de leer tragedias?
“Puso
primero el canasto y luego el Niño bien arrimado contra la puerta y cuando
empezó a cubrirle la cabecita con la cobija me di cuenta que habíamos ido para
abandonarlo; quise gritar y no pude…”. Esto lo cuenta una mujer adulta que da
palabras a la niña pequeña que fue, que vivió una infancia terrible, de espanto
y de desventura. Pero, a pesar de los múltiples horrores que se narran, el
lenguaje es tan vívido, tan hipnotizante, tan descriptivo, que es imposible
detenerse una vez que se ha comenzado a leer. La mujer adulta nos muestra el
mundo tal como lo vivía la pequeña. Es inevitable, por la forma en que se narra
la historia, que quedemos atrapados en una realidad que estremece. Aguantamos
la respiración mientras la acompañamos a lo largo de su infancia, deseando que
esa pesadilla se acabe, aunque sepamos que aquella niña ya creció mucho tiempo
atrás. “No lloraba, porque las lágrimas no hubieran bastado, no gritaba porque
mi sentimiento de revuelta era más fuerte que mi voz.” Sus sentimientos eran
más fuertes que su voz, nos relata Emma Reyes. Y ese sentir traspasa las
fronteras del tiempo, el espacio y las letras hasta penetrar en lo más profundo
del alma del lector.
Si esta mujer sobrevivió para contarlo y convertirse en una pintora de renombre, bien se merece nuestra admiración y nuestro tiempo. Poco sacrificio me parece perder algunos lectores a cambio de honrar su historia con mis humildes palabras. Renegad de mí, si queréis, pero digo en voz alta y clara que este es un libro que debe ser leído, aunque duela. Por Emma y por esos niños y niñas que, aún hoy, siguen perdiendo sus lágrimas y su voz.

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