RINCÓN LITERARIO. ESCUELA DE ESCRITURA II. CLAVES DE LA TÉCNICA NARRATIVA CON EDUARDO JORDÁ



Curso de escritura con la Universidad Internacional de Valencia. 

Los siguientes textos que presento aquí forman parte del conjunto de actividades que hemos realizado a lo largo del curso en la asignatura Claves de la Técnica Narrativa con el profesor Eduardo Jordá.

Escribir es una de las actividades más terapéuticas que existen. Sostiene la mente cuando el cuerpo flojea. Abre espacios que permanecían olvidados por lo que permite cerrar heridas. Es compañía cuando la soledad asusta.

Leer y escribir, tan solo eso. Leer es adentrarse en otras vidas, es conocer otros mundos, otras gentes. Escribir es recoger el testigo y aportar tu visión, tu experiencia, para enriquecer la de otros. 

Te animo a que escribas, que escribas lo que sea: tu diario, tus opiniones, un poema, la descripción de lo que ves por la ventana... Juega con las palabras y disfruta.

Escribe hasta que descubras qué es lo que quieres escribir


DIÁLOGO ENTRE GACELAS Y LEONES

Ignacio estaba comiendo cuando sonó el teléfono. Apretó los dientes con rabia al ver el origen de la llamada. Su mujer lo miró, cuestionándolo con los ojos. Él asintió y, con un suspiro profundo, respondió.

- ¿Sí? - dijo con voz grave.

-Hola, Ignacio- se oyó al otro lado del teléfono.

A él se le revolvieron las tripas. Sujetándose el estómago con un brazo, agarró con fuerza el teléfono.

-Dime- respondió.

-No voy a acceder a vuestras condiciones – declaró una voz femenina, de forma airada-. Si queréis que firmemos, tendréis que hacer las cosas a nuestra manera. Es la última vez que te lo digo.

Él se levantó y se sentó sobre el sofá. Cogió un cojín y lo puso contra su tripa, doblándose por una punzada de dolor. Su mujer siguió comiendo, despacio, atenta a la conversación.

-Ya hemos hablado de esto, Maribel – le contestó muy serio –. Si no firmáis, tendremos que tomar otras medidas. Esto se puede alargar en el tiempo y nos costará mucho más dinero.

- ¡No vamos a firmar! – chilló-. Os estáis comportando como gacelas asustadas en tierra de leones. Este mundo está hecho para los fuertes, para los que actúan sin piedad. Entre ser gacela o león, prefiero ser león. ¡No vamos a ceder!

Ignacio cerró los ojos para aguantar el chaparrón. No quería entrar al campo de batalla porque pensó que mejor no discutir con alguien que siempre creía tener la razón. Así que esperó a que la voz se acallara.

- ¿Tienes algo más que decir? – preguntó-. Algo constructivo, claro. Porque quiero acabar de comer. Mi mujer me espera. La comida se está enfriando.

- Os quedaréis sin nada – le contestó la voz-. No aceptaremos ninguna otra oferta.

- Adiós, Maribel.

- ¡Dejaremos que se pudra todo!

Ignacio colgó el teléfono y se dobló hacia delante con un gemido de dolor. Maldita hernia.

 

UN ENCUENTRO EN MANHATTAN


 Slava llega tarde a su cita. Le resulta muy difícil orientarse en esa parte de Manhattan. No tiene datos en el teléfono, así que lleva un plano y, de vez en cuando, se detiene para comprobar que no se ha perdido. Tiene que llegar hasta Mulberry Street. “Mulberry”, repite para sus adentros. “Suena a algo dulce”.

De repente, siente un golpe fuerte en el hombro. El impacto le hace perder el equilibrio y se salva por los pelos de caer al suelo.

-Lo siento mucho -exclama Dave, la cara roja de vergüenza-. ¿Te he hecho daño?

Slava intenta recuperar la compostura. Las gafas de sol, con las que recogía su flequillo hacia atrás, han caído torcidas sobre su nariz. Al intentar situarlas de nuevo sobre su cabeza, suelta sin querer el plano de la ciudad.

- ¡Mi plano! -grita.

Una ráfaga de aire levanta el papel y en dos segundos recorre diez metros. Dave sale corriendo detrás de él.

-Aquí tienes -dice, satisfecho de su rapidez de reflejos -. ¿Estás bien?

-Sí, muchas gracias, de verdad -responde Slava con timidez.

Dave se da cuenta de que ella no tiene acento inglés.

- ¿Llevas mucho tiempo en Nueva York? - pregunta, ya más tranquilo.

-No, solo dos meses -contesta ella-. Mis tíos viven aquí. Al comenzar la guerra quisieron que viniéramos con ellos. Soy ucraniana.

- Debe de ser muy duro tener que dejar tu país. Imagino que lo echas mucho de menos.

- Sí, lo echo de menos – responde Slava -. Aunque ya nada es lo mismo. La mayor parte de mis amigos han huido a otros países.

- ¿Necesitas ayuda? -pregunta esperanzado-. Te puedo acompañar donde quieras, soy más entretenido que un plano.

A ella se le iluminan los ojos. Y, extendiendo su mano hacia él, dice:

 - Me llamo Slava.


UNA PERSONA AMADA


Inés se ha colocado un gorrito de Papa Noel sobre su cabecita calva. En sus mejillas regordetas se dibuja una enorme sonrisa que, literalmente, va de oreja a oreja. Al sonreír, sus ojos casi se cierran. Esto no le supone un problema porque hace ya un tiempo que apenas ve, debido a la quimio. Con 10 años, nos está dando a todos una preciosa lección de vida. 

Ese día Inés visita con su familia el Hospital de Día, así que no viste el pijama de los que quedan ingresados. Lleva un vestido muy lindo y no hay quien no le haya dicho que está muy guapa. Ella se siente así, rebosante de belleza, segura de sí misma e, irremediablemente, amada. 

Yo busco en internet las canciones que Inés me pide, porque hoy es la protagonista. Ahora le toca el turno a El Burrito Sabanero. De pie, en medio del Aula Hospitalaria, se mueve con alegría al compás de la canción elegida. Los demás le hacemos corro y danzamos con ella, acompañados por espumillones de colores, panderetas y alguna maraca. La niña baila como si esas fueran sus últimas navidades y nosotros, que sabemos que lo serán, nos escondemos a ratos porque no nos aguantamos las lágrimas.

Antes de irse, Inés me regala un mandala que ha pintado en casa.

-Lo he hecho para ti, teacher -me dice. 

La abrazo y siento que no hay celebridad en el mundo, ni riqueza ni privilegio que pueda superar el hecho de estar allí con ella.


LA HISTORIA DE LA FALSA SUPERVIVIENTE 

DE LAS TORRES GEMELAS

Todos queréis saber por qué lo hice. Qué más da. Ni yo misma estoy segura.

Vi una oportunidad de sacar adelante mi vida, de salir de la monotonía y la mediocridad. Los supervivientes necesitaban ayuda, ¿por qué no yo? Yo misma era superviviente. Sobreviví a un padre y un hermano que arruinaron mi juventud con sus fechorías.  Sobreviví a un accidente de coche que casi acabó con mi vida y del que me avergüenzo, como me avergüenzo de mi brazo tullido y de mi cuerpo.

Simplemente me subí a un avión y comencé a construir una historia. Al principio fue todo fácil: un grupo de ayuda y unas pocas personas en estado de shock que comenzaron a unirse para compartir su dolor. Mi imaginación desbordante hizo el resto y me construí el personaje que necesitaba para sanar mis heridas. A mi novio David, el que conducía el Ferrari el día del accidente, le maté en una de las torres. A mi padre, que traicionó a la familia con sus actos delictivos, le vi moribundo entregándome su alianza para su viuda. A mi hermano, con el que perdí el contacto después de su ingreso en la cárcel, le imaginé rescatándome in extremis para luego morir aplastado en el derrumbe. Mi brazo ya no inspiraba lástima sino admiración y respeto. ¿Qué más podía pedir?

A cambio, la Tania que inventé no era quejica ni perdía el tiempo lamiéndose las heridas. Trabajé duro, muy duro y sí, es verdad: conseguí fama y reconocimiento. Pero fueron bien merecidos y nada tuvieron que ver con la Alicia que había dejado atrás en España, sino con la Tania que trabajaba sin descanso por el bien de los demás.

Luego todo se acabó y Tania no pudo soportarlo. Con un correo electrónico anuncié su suicidio.

Yo, Alicia, sobrevivo entre los escombros de mi propia vida, suplicándole a mi imaginación cada día que, por favor, no se rinda y me saque pronto de aquí.

 


 

 



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