RINCÓN LITERARIO: ESCUELA DE ESCRITURA I. CONTAR UNA HISTORIA CON EDUARDO JORDÁ.
He tenido la oportunidad de realizar un curso de escritura con la Universidad Internacional de Valencia.
Los siguientes textos que presento aquí forman parte del conjunto de actividades que hemos realizado a lo largo del curso en la asignatura Contar una historia.
Escribir es una de las actividades más terapéuticas que existen. Sostiene la mente cuando el cuerpo flojea. Abre espacios que permanecían olvidados por lo que permite cerrar heridas. Es compañía cuando la soledad asusta.
Leer y escribir, tan solo eso. Leer es adentrarse en otras vidas, es conocer otros mundos, otras gentes. Escribir es recoger el testigo y aportar tu visión, tu experiencia, para enriquecer la de otros.
Te animo a que escribas, que escribas lo que sea: tu diario, tus opiniones, un poema, la descripción de lo que ves por la ventana... Juega con las palabras y disfruta.
Escribe hasta que sepas qué quieres escribir.
EL ÚLTIMO VIAJE
Una revista de National Geographic sobre Japón despertó en Neil el deseo de visitar esa tierra y sus gentes. Romántico y sensible por naturaleza, consiguió cumplir su sueño. Entre árboles de bambú y templos sintoístas, conoció a Kazumi. Desde el primer minuto, supieron que su destino estaba atado para siempre. Con tristeza, los padres de ambos consintieron. La boda se celebró entre cerezos en flor, según los rituales del país. Poco después, Kazumi abandonó su casa y sus ancestros, con valentía y confianza en el futuro.
Construyeron su hogar en el sur de Inglaterra, cerca del mar
y los acantilados. Cuando el pequeño Sam vino al mundo, Kazumi se dedicó a su
cuidado, volcando en él sus esperanzas y deseos de felicidad. Neil, embriagado
de dicha y orgullo, atendía al pequeño, de pelo negro y ojos rasgados, que se
criaba sano y fuerte. En él, la alianza entre ambas familias se formalizó hasta
la eternidad.
Una mañana, un coche se salió de la carretera y atropelló a
Kazumi y a Sam en la parada del autobús. Ella sufrió heridas leves, el niño
quedó incapacitado para caminar. Con la fuerza y la sensibilidad que otorga el
dolor, la familia adaptó su vida, su casa y sus pensamientos para no ver
límites sino posibilidades. La nueva vida se mostró una vez más, dulce y amable
para aquellos que tanto se amaban.
Mas nadie puede escapar
de su destino. Una fiebre aguda dejó al pequeño postrado en su cama, ante la
mirada desesperada de sus padres. Nada pudo hacer el médico por salvarle la
vida. La muerte cerró puertas y ventanas y en el interior de la casa se gestó,
entre llantos y abrazos, la decisión. Tres días después de la muerte de Sam, encaminaron
sus pasos hacia el acantilado y, unidos los tres como uno solo, emprendieron el
último viaje de sus vidas.
CARTA DE ROBERT DOISNEAU
A SU HIJA AL FINAL DE SUS DÍAS
Querida Annette:
¡Qué duros fueron los últimos años cuidando de tu madre! Me
sentía impotente al ver cómo avanzaba la enfermedad, sin saber cómo
ayudarla. Estaba agotado tras noches sin
dormir, sosteniendo su mano y susurrando palabras de consuelo, un consuelo que
yo mismo necesitaba. Qué inmensa contradicción: desde muy joven quise reflejar
las maravillas de la vida diaria, pero no he sido capaz de ver belleza en la
enfermedad ni en el dolor. Estos seis meses desde que ella falta, son como un
oscuro túnel sin final. ¿Qué queda de mi capacidad para percibir lo que otros
no ven ni comprenden? Mi vida ahora parece un negativo velado, sobreexpuesto a
la luz de lo que la prensa llama “la verdad”.
La verdad es que yo siempre quise fotografiar el mundo como
era, pero añadiendo parte de mis anhelos a cada instantánea. La espontaneidad
de lo cotidiano me cautivaba. Mas, en ocasiones, lo que hubiera debido ser
cotidiano no se daba de manera natural. ¿Qué importaba, más de cuarenta años
después, si la fotografía era un montaje o no? Los novios eran reales, la
muchedumbre que transitaba por la calle también. En aquella época, besarse ante
los ojos de extraños era algo insólito. ¿Por qué no ayudar a la sociedad
parisiense a abrir sus corazones al amor y al romanticismo, como hicimos tu
madre y yo? ¿Por qué no gritar a los cuatro vientos que volvíamos a ser libres?
Ahora el mundo juzga mi silencio y me condena a mí. Los
jueces me han absuelto, pero me veo en la obligación de defender la labor de
toda una existencia. Querida hija, tú sabes mejor que nadie que he sido honesto
e íntegro en mi trabajo. Y ahora, que siento que no queda ya ningún carrete por
revelar en mi vida, quiero enviarte mi último beso.
Papá
LA AUSENCIA
En la madrugada del 26 de abril de 1968, Lena Tejada
despertó sintiendo frío. Sacó una mano para tirar de una esquina de la cobija y
cubrir su cabeza. Luego se hizo un ovillo dentro de su cama y volvió a quedarse
dormida.
A las 7 en punto tocaron a su puerta con dos golpes suaves.
Se incorporó y lo primero que vieron sus ojos fue el vestido de novia. Se
sentía conmovida al pensar en su novio, un joven algo despistado de buen
corazón. Sus mejillas se sonrojaron al
imaginar la noche de bodas y un calor húmedo latió bajo su vientre.
Pasado el mediodía todo estaba dispuesto. La novia,
resplandeciente. Los padres, orgullosos. El novio, ausente. Lena releyó la carta recibida unos días
antes: “Saldré de madrugada”, había escrito Wendell. Esperaban una llamada de
teléfono avisando de su llegada. Lena comenzaba a sentirse algo mareada.
A las 2, el cura, la familia de Wendell y su familia
discutían la situación en el salón de la casa de Lena. Ella, echada sobre su
cama y rodeada de sus amigas, se deshacía en llanto. Los invitados habían
abandonado la iglesia y unos pocos fisgaban por las ventanas. A las 3 se
canceló definitivamente el banquete y algunos amigos de Wendell salieron de
camino a Cochabamba para intentar localizarlo.
Aquella noche Lena se durmió con el estómago vacío, ahíta de
llanto e incertidumbre. La casa se cargó de un silencio denso por ausencia de
noticias.
Una semana después, Lena decidió salir ella misma a buscar a su novio.
Un autobús la llevó hasta Cochabamba. Allí se encontró con un amigo de Wendell. Juntos, salieron de Cochabamba con destino a la Paz. Juntos, lo buscaron durante semanas y meses. Lo buscaron durante años. Y juntos decidieron esperarlo, porque, pensó Lena, “las madrugadas son frías en La Paz”.
Una bruma gélida cubre París hoy. Robert deambula por las
calles buscando alguna escena que atrape su atención. Sus manos, entumecidas
por el frío, sostienen una cámara que prepara para captar el espíritu de una
ciudad que necesita sobreponerse a las consecuencias de una guerra despiadada.
Decide tomarse un descanso, tras horas de búsqueda. Encamina sus pasos hacia un
café cercano. Necesita entrar en calor.
Empuja la puerta del Café Procope y el ambiente cargado del
lugar le golpea en la cara. El humo de los cigarrillos crea una cálida bruma en
el interior que le reconforta al instante. Pide un café, de pie en la barra.
Mientras lo bebe, a pequeños sorbos, echa un vistazo al local. Casi todas las
mesas están ocupadas por hombres que leen la prensa o charlan, algunos
acaloradamente, sobre la situación del país. Una pareja sentada en una esquina
llama su atención.
El hombre toma a la mujer de sus manos y charlan sobre lo
difícil que está siendo conseguir trabajo. Cuando él ve una lágrima asomar a
sus ojos, coge su rostro tiernamente con sus manos y la besa en los labios. Le
susurra palabras de consuelo, consciente de que la mirada de otras personas
está sobre ellos, pero no le importa.
En ese momento, el hombre ve a Robert junto a él.
- ¿Nos conocemos? – le pregunta algo molesto. Robert se
presenta y formula su propuesta, midiendo con precaución sus palabras.
- ¿Quiere usted decir que desea fotografiarnos mientras nos
besamos? ¿En plena calle? ¿A la vista de todas las miradas? – pregunta
sorprendido.
La pareja habla entre ellos unos minutos. Él sonríe ante su
cambio de fortuna, esperanzado.
Hecho el trato, Robert paga las consumiciones y los tres se
dirigen hacia el momento en que, sin saberlo, harán historia.
INCOMUNICACIÓN
El canto del mirlo me recuerda que comienza a anochecer. Me
gusta pensar que es siempre el mismo mirlo, que no hay otro, solo ese pajarito
y yo compartiendo la misma soledad.
Me tumbo en la cama esperando a que él llegue. Escucho la
televisión encendida en la sala, esa maldita pantalla que me roba su presencia.
Bebo un poco de agua, arreglo las sábanas, cojo el libro que reposa sobre mi
mesilla de noche y lo vuelvo a dejar. El mirlo canta de nuevo. Lo miro, posado
sobre la pérgola. Parece estar meciéndose sobre la luna en cuarto creciente. Secuestrada
por la belleza de la escena me olvido de todo, hasta que unos pasos me
devuelven a la realidad que quisiera evitar.
La semipenumbra de la habitación me impide ver su rostro con
claridad. Se quita la ropa y la tira sobre la silla, parte cae al suelo. En su
mano, como siempre, el móvil, otra maldita pantalla que me roba su presencia.
Me sería más fácil escribirle un WhatsApp que intentar hablar con él una vez
más.
-
Tengo algo que decirte – le digo. – Es
importante.
Él no responde. Desliza el dedo sobre la maldita pantalla
como hipnotizado. Se suceden luces de distintos colores que me irritan. Siento
que no puedo más.
-
¡Deja el móvil, por favor! – digo, casi
gritando. – ¡Vale ya!
-
No tengo ganas de hablar – me responde. – Estoy
cansado, necesito relajarme un poco.
-
Es que tengo algo que decirte. Es importante.
Sin dejar el móvil, vuelve sus ojos hacia mí. Me recorre un
escalofrío. No sé quién es ese que está mirándome. Ni siquiera sé quién soy yo
ni qué hago aquí. Entonces me doy cuenta de que él tiene razón. Ya no hay nada
de qué hablar. Le devuelvo la mirada y el silencio es atronador. Hasta el mirlo calla.
INFIDELIDAD
María tiene mis manos apretadas con fuerza entre las suyas. Los
hemos visto salir de un hotel, a través del ventanal de la cafetería donde nos
estamos tomando un chocolate caliente. Caminaban abrazados, riendo, besándose.
Ella se ha quedado mirándolos, incrédula. Yo he derramado parte del chocolate
sobre la mesa. Un camarero ha venido a limpiar el estropicio, ajeno al doloroso
silencio que se ha establecido entre nosotras.
Ninguna de las dos es capaz de articular palabra. Me siento
como si me hubieran tirado una lápida encima, con mi nombre y la fecha de hoy
escrita en ella.
Por fin, María rompe el hielo y me pregunta si sospechaba
algo.
-No, no tenía ni idea – respondo –. Ella ha venido a cenar un par de veces a casa este mes. Sabía que se llevaban muy bien, pero no me podía imaginar esto. Me gustaba verlos reír por tonterías. ¡Pero qué imbécil soy!
De mi pecho sale un suspiro profundo que libera un torrente de lágrimas que no puedo contener. Entre lágrimas musito un montón de insultos que quisiera más bien gritar.
-No me gusta llorar delante de la gente y menos en un café
repleto de señoras emperifolladas. Qué palabra tan acertada, por cierto – digo
entre lágrimas.
María me mira con ternura. La veo apretar los labios sin
saber qué decir o quizás sí sabe, pero no se atreve. Me tiende otro pañuelo de papel a la vez que
mira con furia a la fisgona de la mesa de al lado.
- ¿Te apetece dar un paseo? -pregunta. – A veces caminar
clarifica las ideas. Y nos libramos de miradas curiosas.
Me rindo a sus propuestas porque soy incapaz de pensar con
claridad. Miro cómo pide la cuenta y paga, mientras me levanto torpemente.
Sobre la pequeña mesa del café queda mi taza de chocolate a medias y un rastro de pañuelos arrugados.
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Muchas gracia María por compartir los rincones de tu alma.
ResponderEliminar¡Enhorabuena María y gracias por compartir tu creación literaria!
ResponderEliminarEs increíble cómo, con textos realmente breves, eres capaz de crear historias reales, con fondo, que tocan directamente el corazón.
😘😘